Invento porque la vida me sabe a poco.

 

Me siento torpe e imperfecto, y fuera de juego desde el principio. Vivir me provoca tal desconcierto que alivio creando.

 

No me interesa la artificialidad sentimental para emocionar.

Cuando muera, el mundo seguirá sin mí, y eso me empuja a sumergirme en el vacío. La muerte, será la solución final para aquello que no soy capaz de imaginar.

 

Quiero ir a lugares donde nunca estuve, necesito inventar historias que me den claves para seguir caminando, resultándome irreprimible hurgar en mis deseos y temores.

 

Provoco un campo de batalla para poder cuestionar lo sólido, su fortaleza y estabilidad.

 

Soy yo y lo contrario, mi reverso, es la parte antagónica que me sustenta erguido, tengo necesidad de gritar y saltar sentado, de sacar mis miserias a flote, de sobrevolar las ruinas de nuestros éxitos, necesito saltar de un trampolín que cae en roca, buscar estrellas fugaces mirando piedras, disparar al centro, provocar un golpe de suerte sin precedentes.

 

Me siento débil, solo e incomunicado. Me abruma, la vulnerabilidad humana y la frontera entre lo vivo y lo muerto.